Recordábamos una película de los tres chiflados. Temprano en la mañana llevaban ratas y cucarachas y las soltaban en una casa. Por la tarde se presentaban como una empresa de exterminadores de plagas. Inauguraron los déficits gemelos más altos en 35 años, y más tarde llegaban con el FMI para reducir los desequilibrios que ellos mismos habían creado.
Con los datos finales de octubre 2018, se observaba una reducción del déficit primario, que concordaba hasta la obsecuencia con el FMI, sobre cumpliendo la meta anual acordada para 2018. En los primeros diez meses del año el déficit primario ascendía a $ 170 mil millones, presentando una caída interanual de 33%. Ese retroceso del déficit primario se logró a partir de ingresos que mostraron un incremento superior al gasto primario. Claro que no era porque la reactivación de la economía hubiera impulsado la recolección, sino al fuerte aumento de las rentas de la propiedad debido a los ingresos por intereses obtenidos de los depósitos a plazo fijo del Tesoro en el Banco de la Nación Argentina.
Del lado del gasto, en esos 10 meses de 2018, se registraba una caída de 6.5% interanual en términos reales. Los mayores ajustes se habían hecho en la obra pública, las transferencias a provincias, el déficit de empresas públicas y los salarios estatales. Con esos datos, el déficit primario acumulaba $ 359 mil millones en los últimos doce meses (meta FMI), ubicándose por debajo de la meta anual acordada de $370 mil millones. Esta situación dejaba margen para un aumento de salarios públicos, impulsando el plan “Feliz Navidad; Ho, Ho, Ho”, que incluía adelantos de haberes y aguinaldo para estatales, jubilados y algún adicional en planes sociales.
Pero la verdad es que la caída real de la recaudación iba a acentuarse por la recesión. El Tesoro no contaría en 2019 con las rentas de la propiedad de 2018. Una buena parte de los depósitos en el BNA deberían utilizarse para cancelar obligaciones en pesos en diciembre. Era imposible que el gasto en subsidios exhibiera una caída real en 2019 como la proyectada por el gobierno. Para que fuera factible, la tarifa de electricidad debería aumentar por lo menos 60%, el gasto previsional, además el gasto social iba a acelerarse ya que se indexaba por la inflación pasada de los últimos seis meses, y la suba de los precios haría que aumentara.
El brío del acuerdo FMI II fue super grato para el entorno. Se embotelló el mercado de cambios, el dólar cayó de $ 41 a $ 37, se aquietó el peligro de una espiral inflacionaria que estaba en marcha, en noviembre bajaba a 2.7%, tras los picos del bimestre previo. Así se logró alejar por un año “el fantasma de la B”, después llegaría el default en pesos o reperfilamiento 2019 con el anticipo de los desembolsos del FMI. Pero nunca bajaba el riesgo país que superaba los 700 basis points por temor a que los tres chiflados “la volvieran a chocar”. Las dudas que deparaba el financiamiento del sector público en 2020, eran extraordinariamente altas. Tras consumar las metas que el FMI impuso para octubre, todo indicaba que el segundo mejor equipo, aprobaría la “materia que se llevó” a diciembre 2018.
La materia previa la rindió con un 10, sobre cumplió la meta fiscal de fin de septiembre, las metas monetarias de octubre-la de emisión cero de base monetaria, subió a la lona de reservas y todos felices, menos el pueblo. En octubre, se sobre cumplió la meta de base monetaria porque la expansión de pesos por el desarme de Lebacs fue más que compensada por la absorción de Leliq, la compra de dólares del Tesoro al BCRA y otros factores contractivos como ganancias del BCRA en el mercado de futuros del dólar. En noviembre, el BCRA no contó con los últimos servicios de ganancias y mercado de futuros del dólar, sin embargo, volvió a sobre cumplir la meta de base.
En noviembre, la emisión de $ 122.000 millones por el desarme de las Lebac llevaron la base monetaria hasta $ 1.384 mil millones, esto hizo brincar el dólar a $ 39 (+7% en dos días). El aumento de la base puso en riesgo la posibilidad de expandir en diciembre, según la meta acordada con el FMI. O sea, a fin de noviembre la base monetaria ya se ubicaba 2.5% arriba de la meta diciembre, pero inadecuadamente en los últimos días absorbió con Leliq $ 105.000 millones, cerrando el mes con un nivel de base monetaria de $ 1.280.000 millones que permitiría aprovechar la mayor demanda estacional de efectivo y crédito de diciembre.
Simultáneamente se esperaba que la actividad económica deje de caer en el primer trimestre 2019. Este forzado optimismo no tenía base en la realidad. Se asentaba en el supuesto de que el salario real dejaría de caer entre diciembre y febrero con la reapertura de las paritarias y la desaceleración de la inflación a 2.2% promedio mensual. Decían la tribuna de socios: “a partir de segundo trimestre 2019, hay ocasión de energizar una recuperación, por la expectativa de una super cosecha.
Empero, 2018 experimentaría una caída de (-2.6%), mostrando que el cuarto trimestre la caída interanual era de (-6.5%). La generosidad de los economistas amigos de Cambiemos en el sector privado era elocuente. En cuanto a la inflación, se proyectaba una desaceleración en 2019 a 25%, después de un 2018 que terminaría con una inflación de 47%, incluso con durísima restricción monetaria, altísimas tasas de interés y caída del crédito.
LOS PELIGROS QUE ENFRENTABA EL GOBIERNO
Las encuestas verdaderas comenzaban a mostrar que Macri perdía, lo que impulsaría al alza el riesgo país, y dificultaría la renovación de Letes en el mercado local. Estos asuntos financieros destruirían cualquier atisbo de reactivación económica futura.
Si crecía la dolarización de portafolios, impactaría en la cotización del dólar. Aunque para enfrentar la demanda de dólares contaban con la oferta de divisas de la cosecha, todos sabíamos que la inflación bajaría menos de lo cacareado. El programa monetario no podía de ningún modo bajar la inflación a 25% en 2019, traspasada toda ineptitud de quienes habían conectado el cable de inercia inflacionaria al doble, sumando expectativas de ajustes salarial y tarifario. Una nueva apreciación del peso para desacelerar la inflación, dada la elevada tasa de interés real, comprometería la actividad en forma irreversible. Deberían haber admitido entonces, las dificultades que tendrían para cumplir con la meta de “déficit primario cero” en 2019, ya que la recesión acentuaría la caída real de la recaudación.
Pero lo peor sería que no iban a lograr renovar la deuda de corto plazo. El programa financiero oficial lo daba por hecho, pero era voluntarismo puro, el riesgo país no bajaba, se venían las dificultades y, esto les obligaría a utilizar los desembolsos del “acuerdo FMI II”, que apuntaba a que “huelguen” u$s 10.000 millones en 2019 para que fueran utilizados para atender las obligaciones financieras del Tesoro en 2020.
La curva de rendimientos de los bonos argentinos indicaba que el mercado tenía muchas dudas sobre el financiamiento público 2020. Pobre el presidente que ganara la elección. Los títulos que vencían en 2019 rendían 3/4%, mientras que el “Bonar 24”-promedio de 2/3 años-rendían 12% y el “Discount”, legislación argentina-promedio de 5 años-rendía 12.5%. Los bonos de corto plazo rendían debajo del 50% contra los de mediano y largo plazo. Esto indicaba a las claras que el mercado asignaba escasas probabilidades de default en 2019, gracias a los desembolsos del FMI, pero que el próximo mandatario no podría evitar un default de la deuda en 2020.
Había probabilidades que el nuevo esquema funcionara, pero se recorría un trayecto angosto, con riesgos eventuales. No aflojaban la política monetaria ultra ortodoxa, imprudente, salvaje, y, aun así, la inflación no bajaba. La restricción monetaria, por el desmoronamiento del crédito, más una tasa de interés real de 18%, agravaba la recesión, y el riesgo de una reestructuración de la deuda apenas asumiera el FDT. Pero en nuestra opinión, los datos incluían un eventual default de la deuda en pesos antes de las elecciones. Para evitar un escenario catástrofe, había que seguir apretando el cinturón del pueblo. En 2019, con un ingreso per cápita 11% inferior al de 2015, el próximo Gobierno estaría apremiado para abandonar el suplicio que caracterizó a la Argentina de Macri.
Director Ejecutivo de Fundación Esperanza, Profesor de Posgrado UBA y Maestrías en universidades privadas. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros.